Este texto lo leyó Doris Gallego -habitante de la margen izquierda de la vía Villavicencio-Restrepo- el pasado jueves 9 de febrero/17, en la Audiencia Pública que la comunidad logró sacarle a la Agencia Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) para manifestar su rechazo unánime a la destrucción del piedemonte llanero que pretenden hacer con el proyecto doble calzada Villavicencio-Yopal, la ANI y su contratista Covioriente.
Estoy absolutamente segura que para las personas que están en la
mesa, muchas de las cuales tienen más o menos mi edad, una de sus metas para
los años de pensión o de buen retiro es poder vivir en una casa de campo
rodeados de árboles, disfrutar del canto de los pájaros y del correr del agua
de los riachuelos; poder dedicar tiempo al cuidado del jardín, a guindar una
hamaca y dejar que el tiempo pase; recibir a los hijos y nietos en un espacio amplio
y generoso, un sitio de encuentro familiar. ¿Cierto que sí?
Pues ese espacio lo tengo yo hace 12 años, y el motivo que
inclinó la balanza para quedarnos con ese predio fue que tenía árboles
centenarios, madroños, samanes, ceibas, igús, ocobos rosados, castaños,
macanos, yopos, cámbulos, flor amarillos entre otros, que daban sombra, vida
sana, y embellecían el lugar.
A medida que nos acomodábamos al nuevo espacio y disfrutábamos
de él, menos queríamos ir al pueblo. Así que decidimos trasladar el trabajo
para la casa. Allí, mi esposo, escritor, periodista y editor, adecuó un espacio
para la oficina. Yo reduje mi trabajo en la ciudad hasta lograr salir solo dos
días a la semana a Villavicencio. Y ahora último este predio se dispuso para
una corporación cultural que dicta talleres de literatura y artes allí, y a la
vez tiene un centro bibliográfico, de lectura y de escritura.
Volviendo atrás, les cuento que allí, en El Aleph (como se llama
nuestro predio), comencé a implantar prácticas noecampesianas —de citadinos
viviendo en el campo—. En poco tiempo logré tener tierra negra hecha por mí.
Decidí hacer mi propio huerto. Con la tierra negra producida en El Aleph aboné
la huerta sin pesticidas ni herbicidas, y el color y sabor de las comidas, así
como la salud comenzaron a cambiar. Allí producimos y consumimos tomate,
cilantro, lechuga, yuca, zanahoria, pimentones, pepinos, bananos, piña, papaya,
entre otros.
El Ph del suelo se niveló al dejar en corrales móviles a los
pollos para que hicieran el pastoreo y dejaran sus excrementos por doquier. Las
personas que consumen huevos orgánicos saben el placer que produce consumirlos,
pues su sabor, textura y color son inigualables.
Cada día ha sido un aprendizaje, pues no habíamos vivido en
finca, sólo a través de las lecturas soñábamos tener una casa de campo.
Aprendimos del documental ‘Colombia,
magia salvaje’, que las ranas diminutas que hemos visto en el jardín en
varias ocasiones se llaman ranas amarillas, que son venenosas pero sobre todo
que habitan en lugares limpios, puros, no contaminados.
Descubrimos que existen muchísimos brotes y nacederos de agua a
pocos metros bajo tierra, por lo que decidimos plantar más árboles para hacer
un microbosque donde crecieran junto a los fuertes árboles, malezas, rastrojos
y un frondoso bosque, garantizando así la producción de agua. También hallamos
gran variedad de pupas de mariposa en las hojas de los árboles. Indicador de la
pureza del espacio, mariposas que con su color y aleteo dan vida al jardín y a
nuestro entorno cotidiano. Tal vez el mayor placer es poder correr la cortina
del cuarto y ver y sentir y oír los pájaros canturriando. Micos maiceros y
titís también pasan de rama en rama, osos palmeros y hormigueros son propios
del lugar. Además son frecuentes los conciertos de las guacharacas. En fin,
toda la biodiversidad en este corredor ecológico, en este piedemonte, en esta
fuente de vida y de naturaleza que nos garantiza un futuro cierto para las
nuevas generaciones, con respeto por su medio ambiente.
Es por esta razón que no nos cabe en la cabeza que desde
oficinas en Bogotá se taje con un bolígrafo todo lo que hemos hecho, y ni
siquiera se contemplen posibilidades de un par vial, o de hacer un nuevo
trazado que respete el ecosistema. Cómo es posible que en una tierra llana —el
Meta tiene más 85.000 km2 de planicie— se les ocurre hacer el adosamiento de
calzada por el único pedacito de montaña que existe. Tal vez parece que ese
ecosistema sólo lo valoramos las personas que lo habitamos, porque ustedes, con
su actitud amparada en supuestos estudios sesgados y amañados a ciertos
intereses, no se dan cuenta, o, mejor, no les interesa darse cuenta que quienes
habitamos en este territorio objeto de su desalojo y destierro, lo estamos
cuidando para las generaciones futuras. No solo para nuestros hijos, sino para
los suyos… los de todos.
Quiero preguntarles a las doctoras Betsy Giovanna Barrera
Murillo, directora de Cormacarena, y a Claudia Victoria González Hernández,
directora encargada de la ANLA: ¿tienen ustedes hijos y nietos que en el futuro
próximo les pregunten: ¿mamá o abuela, desde su cargo qué hizo en su momento,
para garantizar la conservación de estas montañas, ricas en agua y en
biodiversidad? ¿Cuál sería la repuesta? Podrían ustedes, con la frente en alto
decir: esto lo hice por mis hijos, por mis nietos. Podrían ser recordadas
también como las personas que lograron salvar la naturaleza (más allá de los
intereses mezquinos de unos pocos) de la depredación inclemente de estas
aplanadoras 4G que se les han venido encima al país.
De otro lado, es obvio que ustedes no se han preguntando por el
impacto psicológico que ha generado este tema de la vía en cada una de las
personas directamente afectadas. Yo tuve amenaza cardiaca como consecuencia del
estrés causado por este tema; fui diagnosticada con cuadro severo, y eso sin
contar las horas de llanto que me causa saber que estamos solos en esta lucha,
frente a la indolencia de funcionarios que solo están interesados en darles
rápida solución a sus proyectos de infraestructura. Y la experiencia vivida en
muchos otros espejos, nos lleva a ver cómo para algunos es muy fácil caer ante
ofertas generosas y engañosas para desviar y sesgar decisiones; ya lo hemos
visto en este proyecto: cómo representantes elegidos o autoproclamados a nombre
de la comunidad se han dejado tentar por las maravillas que les muestran y les
prometen.
Pretendí desde este escrito que ustedes por un momento sintieran
lo que hemos vivido durante este largo año de proceso, donde lo único que ha
reinado es la incertidumbre.
Finalmente, hago un llamado para que sigamos defendiendo el
agua, el ecosistema, la biodiversidad, el respeto por la vida natural y por el
ser humano, por encima de esta aplanadora indolente representada hoy por
ustedes.
* Docente - dorisgallegoamaya@gmail.com