jueves, 26 de mayo de 2011

Rafael Courtoisie / Persistencia del débil

Rafael Courtoisie - Foto: larepublica.com.uy

Nací en Esparta hace casi tres mil años. Viví exactamente treinta minutos desde que salí del vientre de mi madre, que también se avergonzó por haber engendrado un hijo tan débil.

El cirujano que me examinó y la partera coincidieron en el mismo juicio: yo no era digno de ser un ciudadano de Esparta. Mi complexión menuda, mis huesos quebradizos, las arrugas de mi piel que al nacer parecían las de un viejo, con arborescencias de pequeñas venas rotas en el dorso de las manos minúsculas, y una transparencia no humana de piel de pescado, de delgada membrana de renacuajo, contribuían al grotesco espectáculo. Nací débil.


Hasta mi madre se avergonzó de mí cuando me vio: "Yo fui hecha para parir hombres, no ranas".
Viví poco más de media hora. Treinta minutos escasos, que transcurrieron entre las gruesas y ásperas palmas de las manos de quienes me examinaron con desprecio porque no era apto para pertenecer a su casta de guerreros.


Pasé esos minutos, mi ración escueta de vida sobre la Tierra, en medio de llantos y voces destempladas. El médico designado por los ancianos para decidir sobre las aptitudes de los que nacían, me tuvo apenas segundos entre sus gruesos dedos que me parecieron leñosos, cubiertos de callos de corteza y extremadamente duros, sin una gota de savia. En vano busqué el seno de mi madre, que me rechazó desde el primer hasta el último momento.


Mis hermanos, mis compañeros de generación, nacieron fuertes y musculosos, con huesos duros y flexibles que resistirían las caídas y los golpes con la parte plana de la espada. Ellos, y sólo ellos, nacieron dignos de llevar el escudo con el dibujo de la abeja.


Sus musculosos torsos, sus piernas gruesas y ágiles hace ya muchos siglos se pudrieron bajo el peso del olvido. Sus brazos poderosos, sus terribles glándulas, desaparecieron. Yo morí enseguida, a la media hora de nacer. No llegué a conocer la luz del día, puesto que nací de madrugada y antes de que el sol despuntara fui lanzado al barranco de los niños débiles, al abismo de los inútiles y los faltos de temple, a la ciudad fantasma de los miserables inocentes de Esparta, que no merecieron oportunidad sobre la Tierra.


Yo hubiera querido escribir un largo poema. Un poema duro como las rocas que golpearon contra mi cara de recién nacido, en Esparta. Un poema con filos de silicio y uñas de piedra que se metiera en las carnes, que quebrara el destino como se quebraba la caliza cenicienta de mis huesos endebles como esponjas, el temporal inestable de mi cuerpo.


Yo no tuve cimientos, ni fui construido para durar. Antes del amanecer del primer día de mi vida yacía en el fondo de un barranco y era el almuerzo insípido de las arañas, una ración más con bracitos y piernas en el comedero de los cuervos.


Ni mi padre, cuyo escudo guerrero hace ya mucho tiempo que ha desaparecido bajo el océano de los días, vio mi cara delgada que salía del vientre de mi madre y se hundía en la vida sólo por un momento. Mi padre musculoso, flexible como un junco, glorioso de una gloria caduca, puesto que ya hace siglos nadie recuerda su nombre, no se dignó a verme.


Yo no fui. No tuve nombre. Tengo los nombres de los lanzados en aquel barranco de Esparta. Mi único nombre es el del rescoldo, no el del incendio. No queda nada de mí más que lo poco que pude ser: minutos bajo la sombra de la noche. Por eso he venido. Por eso tengo este espacio breve de papel en el que volver en la mano de otro que me escribe.


Yo he durado. Mis hermanos, los fuertes, se pudrieron hace mucho y el artificio de su tórax prevenido, de su guardia feroz no alienta nada. Han sido.


Yo soy. Muerto en Esparta hace casi tres mil años, con un soplo de vida. Vuelvo en este papel y en este idioma extraño porque yo, el débil, no conocí idioma alguno. Nonato para el sonido articulado y para el amor de las mujeres. Sólo conocí la madurez del grito ronco en la reprobación, el temprano gruñido del aborrecimiento en la mueca de las bocas, no el beso. La mano me escribe y soy ahora.


Hay un río incesante hecho de los cadáveres de los poderosos, el río de los fuertes que caen a cada momento, las caliginosas aguas de los que quieren vencer.


Yo estoy en las tierras altas, lejos de esas orillas. Y permanezco.
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Esta pieza fue publicada en la antología Cuentos de Hispanoamérica en el siglo XX en 1997.


Rafael Courtoisie (Montevideo, 1958)
Foto: blog.pucp.edu.pe


Poeta, narrador y ensayista, la crítica ha indicado su obra como ejemplo del abandono de los moldes estilísticos tradicionales y como testimonio de una época de fragmentaciones y discursos superpuestos.
    Courtoisie acompaña los códigos estéticos de inicio de siglo, exhibiendo una habilidad vertiginosa para moverse en varios registros y valerse de toda la simbología occidental, tensándola y resignificándola.
    Algunos críticos han observado su permanente intromisión en los terrenos reservados al conocimiento científico, violentando la precisión del lenguaje de la ciencia a favor de la plasticidad de la palabra poética.
    Según Octavio Paz (Premio Nobel de Literatura): "Se destaca en la obra de Courtoisie la gran precisión y a la vez una sorprendente libertad en el manejo del lenguaje".
    Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano y portugués.
    Es uno de los escritores uruguayos de mayor reconocimiento internacional. Ha sido Profesor invitado en Florida State University (Estados Unidos), Birmingham University (Gran Bretaña), entre otras. Profesor de Narrativa y Guión Cinematográfico en la Universidad Católica del Uruguay y en la Escuela de Cine del Uruguay. Ha sido Profesor de Literatura Iberoamericana en el Centro de Formación de Profesores del Uruguay. Dirige un seminario-taller de Estudios Culturales y un taller de Escritura Creativa.
    Es autor de tres novelas, de varios volúmenes de relatos y de más de una decena de títulos de poesía.
Las novelas Tajos (Sfregi) y Caras Extrañas (Facce Sconosciute) publicadas en Italia.
La adaptación teatral de Tajos fue estrenada en Buenos Aires en 2002 y en Santiago de Chile en 2005.
Editorial Planeta ha reeditado su libro de cuentos Cadáveres Exquisitos (Buenos Aires, 2005)
    Ha recibido numerosos premios nacionales e internacionales, entre los que podrían señalarse:
Premio de Poesía del Ministerio de Cultura por Trobar clus, Montevideo, Uruguay, 1987
Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe-Visor por Estado Sólido, Madrid, 1995
Premio Internacional de Poesía "Plural", por Textura, México, 1991
Premio Bartolomé Hidalgo en el Género Narrativa (Premio de la Crítica correspondiente al bienio 1994-1996)
Premio de Narrativa del Ministerio de Cultura, por Vida de perro, 1998
Nominado al Premio Internacional Rómulo Gallegos por Vida de perro, Venezuela, 1999.
Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines, por Música para sordos, México, 2002
Premio Internacional de Poesía Blas de Otero, Madrid 2003.

viernes, 22 de abril de 2011

Julio Daniel Chaparro / Dos poemas inéditos


Julio Daniel Chaparro en recital
Parque Los Centauros, Villavicencio
Foto: Constantino Castelblanco

Cadáver

“Tengo el atrevimiento de morirme”.
(A mi jardín)
Emily Dickinson.

1.

ya nada les asombra                  ni la rabia
ni la mano que de súbito retira la profunda rosa de una boca

2.

ni siquiera la altura del arroz
ni el grito de la hierba que florece
o el niño que delira porque halló la vida en una grieta.
la lluvia es natural            mas la soportan
y por ella apagan el crujir de los cabellos
y no fingen            se detienen           y no lloran

3.

están así      estragados     duros      negros
ellos no cantan       no susurran           son como robles
y hasta una espiga los derrota

4.

pero aunque nada les asombre
quisiera soñar lo exacto de sus sueños
resumir todo su hedor, lo oscuro de su herida
cantar así, morir cantando
soltarme la corteza contra un árbol.


Julio Daniel Chaparro


Julio Daniel con su esposa Piedad 
y su hijo Daniel Alberto,
 en su casa del Parque Infantil.
Villavicencio, 1985.
Foto: Constantino Castelblanco


Mi padre en sueños

me quedará su sol
su permanente caminar en las vigilias,
su tambaleo.
mi padre duerme ahora
y es bello como un niño
soportando la carga de sus sueños
bajo los pomarrosos.
desde mi orilla yo lo alcanzo a ver
restregando contra su pecho los retratos,
y recuerdo que un día deambulamos inocentes
reconociendo el país de sus deseos
donde vivirán, decía, sólo los felices.
yo lloré contra su pierna entonces
y oculté mi miedo entre sus manos.

pero por él fue mi juramento
la decisión de mi alborozado paso.
lo admiro ahora, mi padre
detenido en otra esquina
bajo una nube que como la muerte
permanece.
me sé su anhelo:
me dejará su soleada maravilla
el sabor de sus alcoholes, sus lamentos.
mi padre sumergido en sueños.
la tarde enturbiada de repente.
la lluvia en gris anunciando su próximo abandono.
pero él no será ya nunca como el aire
no podrá huir de entre mis dedos
no saldrá de la geografía de mi cuerpo,
de este poema.

el viento me golpea bruscamente.
anochece.
mi padre sigue en mí, invicto,
sigue sonriendo…

Julio 6 de 1987

Julio Daniel Chaparro


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Julio Daniel Chaparro. Poeta y periodista colombiano asesinado a sus 29 años de edad en la Calle de la Reina de Segovia, Antioquia, la noche del 24 de abril de 1991.
Nació el 14 de abril de 1962, en Sogamoso, Boyacá. Desde temprana edad vivió en Villavicencio, Meta. Libros publicados: …Y éramos como soles (poesía), Editorial Entreletras, 1986; País para mis ojos (poesía), 1987; Árbol ávido (poesía), Editorial Entreletras, 1991; Papaíto país (crónicas), Reporteros sin fronteras, 1992. Fue cofundador de Oriente la revista y coordinador de la revista cultural Entreletras. Realizó estudios de Lingüística y literatura en la Universidad de La Sabana. Fue asesinado mientras cumplía un trabajo periodístico de investigación para el diario El Espectador, del cual era cronista y reportero. A veinte años de su muerte, se teme que su crimen quede –como tantos en este país– en la impunidad.

jueves, 21 de abril de 2011

Carlos Drummond de Andrade / A santa

Sueño de catedral
Barranquilla, 2011
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Carlos Drummond de Andrade
A SANTA
Sem nariz e fazia milagres.

Levávamos alimentos, esmolas
deixávamos tudo na porta
mirávamos
petrificados.

¿Por que Deus é horrendo em seu amor?


CARLOS DRUMMOND DE ANDRADE
LA SANTA
Traducción de Rodolfo Alonso


Sin nariz y hacía milagros.

Llevábamos alimentos, limosnas
dejábamos todo en la puerta
mirábamos
petrificados

¿Por qué Dios es horrendo en su amor?



sábado, 16 de abril de 2011

Clave de sol / Jaime Fernández Molano

 
Ropa tendida
Obra de Francisco Bordes


Clave de sol


En medio de las cinco cuerdas que hay en el patio de la casa, la mujer canta y hace sonar su orquesta imaginaria, mientras extiende la ropa que se mece al ritmo del improvisado pentagrama.

Al llegar la tarde, la mujer guarda –junto a su secreto– las prendas oreadas, en el cesto de la ropa.


Del libro Edición secreta, Jaime Fernández Molano. 2011

domingo, 10 de abril de 2011

Constantino, El Grande / Jaime Fernández Molano

Vaqueros iniciando la jornada (Llanos del Orinoco)
Foto: Constantino Castelblanco

Constantino, El Grande
Por Jaime Fernández Molano

       Esos domadores del destino que miden su fuerza y dejan claro quién manda sobre el horizonte mientras sacuden una res o aprietan bajo sus muslos la vida misma de su potranco; esos llaneros recios nacidos en medio de un corral sin límites que se extiende hasta el Orinoco, han sido inmortalizados en una serie de instantes que trasciende cualquier óptica normal: la lente de Constantino Castelblanco, el fotógrafo más grande de los llanos. Y uno de los más importantes de Colombia.
Este artista, nacido en medio de las montañas de Nuevo Colón, Boyacá, en la década de los cincuenta, y que hace treinta años exactos decidió que su destino estaba trazado en las planicies de este territorio, llegó a la fotografía por la necesidad de expresar ese volcán de sensibilidades encontradas que no pudo hallar en la escritura ni en la pintura. Decidió entonces que la respuesta estaba detrás de la lente de su Canon AE1.
Un par de años más tarde, y cuando en su haber tenía ya miles de fotografías guardadas en los cajones de su escritorio de gerente extraviado en negocios ajenos a su destino, se encontró con un grupo de soñadores que no tardó en descubrir lo que sería una verdadera mina de las artes visuales en la región.
Casi obligado, comenzó a mostrar con timidez esa fantasía estética que habitaba en sus diapositivas. No tardó entonces en presentar en sociedad sus creaciones. Vinieron así los primeros sonovisos y luego sus exposiciones en Bogotá, Villavicencio y otras ciudades de Colombia. Y con ellas el éxito y los merecidos reconocimientos de los ojos del país y de los expertos del mundo.
Disparado por esa avalancha de elogios, acompañados de los primeros premios y menciones nacionales e internacionales, de la aparición de sus fotografías en grandes libros de lujo y en innumerables publicaciones, Constantino continuó demostrando con su trabajo, disciplina y esfuerzo técnico, que su talento estaba a la altura de las expectativas creadas alrededor de su nombre.
Depuró su técnica, tanto en blanco y negro como en color, y a la vez consolidó la temática que atraviesa la totalidad de su obra: el hombre y la naturaleza.
Algo fundamental en la obra de Constantino ha sido la permanente experimentación, la búsqueda de nuevos espacios, de nuevos territorios, la exploración de otros lenguajes estéticos en medio de ese mundo infinito que es para él la fotografía.
Tal vez radica ahí la clave de su genio y de su permanente crecimiento como artista, porque nunca está completamente satisfecho.
Y gracias a ese trabajo, los ojos del país y del mundo han podido disfrutar bajo el lenguaje de su estética, el sabor de la nostalgia en una mirada cerrera, el oculto deseo de una flor silvestre y el olor de las extenuantes jornadas sabaneras.
Pero más allá del maestro, del artista de primer orden en que se ha convertido ante la mirada de los expertos de aquí y de allá, de dentro y de fuera de todas las fronteras, (recordemos que fue seleccionado por la FIAP para participar por Colombia en la Novena Bienal de Naturaleza en Francia, y que el Museo de Arte Moderno lo seleccionó como uno de los fotógrafos más importantes de Colombia en la segunda mitad del siglo XX); más allá, repito, está el Constantino aún más interesante: ese que ha logrado estar por encima del bien y del mal, que así deba trajinar a diario desperdiciado en las tomas de cajón que ordena la publicidad política oficial mal pagada para asegurar la sobrevivencia y la cotidianidad, funge en verdad como el hombre descomplicado, el amigo de siempre, el creador permanente y obsesivo con la perfección –en su oficio y en su vida–.
Y esa grandeza profesional y personal le alcanza para seguir abrazando amaneceres, permeando –hasta el último suspiro y el más pequeño microcosmos– su tierra y su realidad, que no es otra distinta a la del Llano. Pero a la vez, le ha servido para sentir y hacer sentir la esencia del hombre que la habita. Porque convive con el entorno natural y a la vez con la esencia humana que se funde en este ‘territorio cortado a navaja’, como lo describió el admirado poeta de Constantino: el maestro Eugenio Montejo. Porque Constantino vive y transmite en su imagen como nadie, la felicidad de un instante de luz, de un tono, de un contraste, y así mismo es capaz –desde su ojo privilegiado (casi como un Aleph instalado en su retina)– de atrapar el color fugaz de un sentimiento, la gama de tristezas o alegrías de un jinete, la algarabía y la ternura de un infante mientras juega sobre la textura de la tierra del patio infinito de su casa, que no es otra que las sabanas del Orinoco.
Este es Constantino, El Grande, al que hoy se le rinden  merecidísimos y hermosos homenajes, que han servido como justo pretexto para que sus amigos, su familia, su esposa, sus conocidos, sus admiradores de siempre y sus fans de ahora, le reconozcamos esa grandeza integral de hombre y de artista a la vez. Porque no podemos olvidar jamás, que gracias a él hemos logrado sentir y gozar y vivir y vibrar hasta en la médula (desde su lente único e indivisible), con la infinita gama de colores que atraviesan el espíritu del llanero universal…
(Texto leído en acto de homenaje a Constantino Castelblanco. Villavicencio. 2011).

Atravesando el río Cravo Sur (Casanare)
Foto: Constantino Castelblanco

Constantino Castelblanco
Constantino Castelblanco. Nació en Nuevo Colón (Boyacá - Colombia) en 1950. Realizó estudios de Sociología en Ia Universidad Nacional y desde 1981 reside en Villavicencio, desempeñándose como fotógrafo profesional. Miembro del Grupo Cultural Entreletras.
Su trabajo fotográfico le ha merecido el Primer Premio a Valores Humanos en el Concurso Nacional de Fotografía Llanos Orientales de Colombia, organizado por El Tiempo y Dainco y una mención de Honor en el Séptimo Salón Colombiano de Fotografía, en Medellín. En 1997 fue seleccionado por la FlAP para participar por Colombia en la novena Bienal de Naturaleza en Francia. Hace parte del libro “Historia de la Fotografía en Colombia de Eduardo Serrano en el que destaca “...eI paisaje es, como se ha dicho, parte fundamental de su cantera creativa y así puede apreciarse en sus registros coronados por las veleidades de las nubes en el naciente y el ocaso...”
Ganador de la Beca Fondos Mixtos Departamentales en 1998 otorgada por el Ministerio de Cultura. Ha realizado igualmente los sonovisos “Visión del Llano”, con textos de Julio Daniel Chaparro y “Caño Cristales: Sueño Húmedo en el Paraíso”, con textos de Jaime Fernández Molano. En la actualidad desarrolla un trabajo sobre arte en la naturaleza. Algunas de sus obras han sido publicadas en diferentes libros y revistas de arte, folclor, historia y poesía, como el volumen Llanos Orientales, editado por la Litografía Arco; Llanos, Diego Samper Ediciones; Gastronomía Típica del Llano, Editorial Lerner; La Ruta de los Libertadores, Corpes Orinoquia; Guía Turística del Meta, Instituto de Turismo del Meta; Meta Paraíso sin Fronteras, Así es El Salvador y Así es Honduras, Diseño Editorial.

sábado, 9 de abril de 2011

Borges / Mi experiencia con el Japón

Jorge Luis Borges
Fotografía de Sara Facio

Señoras, señores: 

Un amigo mío, el gran escritor belga Henri Michaux, escribió un libro titulado Un bárbaro en Asia. Yo lo traduje al castellano y me llevó largo tiempo comprender que era irónico el título. El contaba sus experiencias en la China y la India. Pero lo repito ahora con este candor, con toda inocencia, porque yo también me he sentido un bárbaro en el Asia, concretamente en el Japón. Eso no me ha entristecido. El hecho de compartir de algún modo una cultura que me parece harto más compleja que la nuestra, me alegró. Yo he pensado muchas veces: qué importa que yo sea desdichado si alguien es feliz, qué importa que yo sea desdichado si existe la felicidad, qué importa que yo sea relativamente un bárbaro si existe la cultura.
Pasé aquella temporada en Japón, donde me sentía continuamente agradecido, continuamente atónito, continuamente indigno de lo que yo podía ver a través de mi ignorancia y de mi ceguera. Yo voy a empezar con un mínimo ejemplo; espero que ustedes me hagan preguntas después. Yo no podré resolver ningún enigma, ya que el Japón es un enigma para mí. Pero un enigma que puede ser encantador. Por ejemplo, si tomamos los versos de Jaimes Freyre, que suelo recordar siempre: "Peregrina paloma imaginaria / que enardece entre los últimos amores / alma de luz de música y de flores / peregrina paloma imaginaria;" o aquel verso del famoso poeta irlandés William Butler Yeats, nos preguntamos qué quieren decir y no sabemos, pero eso es lo de menos, notamos que hay un enigma y ese enigma nos encanta.
Yo de algún modo me he ido preparando para esa sorpresa casi total que es el Japón. Mi primer encuentro con Japón fue con una pantalla japonesa que había en casa, la que, me di cuenta, era apócrifa. Luego con un libro: Tales of Old Japan. Desgraciadamente me he olvidado de los argumentos de esos cuentos de hadas pero recuerdo las ilustraciones, unos demonios verdes, debidamente demoníacos, debidamente japoneses. Recuerdo esas ilustraciones como si estuviera viéndolas. Es un poco triste reflexionar que uno lee un libro y lo que queda es que estaba encuadernado de verde, que estaba en tal o cual anaquel y que lo demás se ha ido o no se ha ido, quizá lo hayamos incorporado. De Quincey creía que la memoria era perfecta y comparó el cerebro humano con un palimpsesto. La memoria va siendo una pila infinita de palimpsestos, uno encima de otro, pero nada se pierde. Un estímulo y de pronto uno recuerda algo. Todo está en la memoria. De modo que algo de aquellos cuentos queda en mí.
Luego, mi otro encuentro con Japón fue cuando leí libros de Lafcadio Hearn, en cuya casa estuve. Me impresionaron mucho, sobre todo uno con hermoso título: Some Chinese Ghosts (Algunos fantasmas chinos). Creo que la fuerza está en la palabra some, "algunos", pues Chinese Ghosts no tiene por qué impresionarnos. Algunos los vuelve más precisos y a la vez más lejanos.
Un discípulo de María Kodama, japonés, a quien le había enseñado castellano, me preguntó cierta vez si no tenía interés en ir a Japón, y yo le contesté que no estaba totalmente loco, que naturalmente que sí, y pensé que había dicho eso para llenar un hueco. Pero al cabo de unos meses llegó una invitación de la Japan Foundation, y nos ofrecieron aquello que yo había creído increíble: un viaje al Japón. Fuimos María Kodama y yo. Pero ella tiene jóvenes ojos, una joven memoria; en cambio yo, viejos ojos ciegos; mi memoria es pobre, pero traté de no ser indigno de aquel viaje. Visitamos siete ciudades. Yo he escrito un libro con Alicia Jurado titulado Qué es el budismo; había un capítulo sobre budismo zen, una de la sectas típicas del Japón. Siempre me interesó el budismo, que es una religión que no exige de nosotros ninguna mitología; las otras religiones exigen mitología. Por ejemplo, el cristianismo nos exige la creencia en una divinidad que se hace hombre, tenemos que creer en premios y castigos. Pero el budismo no nos exige ninguna mitología y la permite también. Una prueba de tolerancia, que es una de las virtudes del Japón, es el hecho de que hay dos religiones oficiales. Una es el shinto, una suerte de panteísmo; creo que hay ocho millones de dioses, lo cual para nosotros es casi infinito y el infinito se parece bastante a cero. Creo que el Emperador profesa la fe del Buda y el shinto. Si además de eso un japonés quiere convertirse a cualquiera de la sectas cristianas, puede, ya que se considera que todas son facetas de la misma verdad.
Nuestro viaje se había organizado un poco alrededor de ese mísero librejo de Alicia Jurado y mío que había sido vertido al japonés; sin duda, quienes lo tradujeron sabían mucho más que nosotros sobre el tema. Les interesaba saber qué podía pensar un occidental, un mero bárbaro, de la fe del Buda, y así pudimos visitar ciudades, ríos, santuarios, monasterios, jardines. Yo pude conversar con un monje de un monasterio budista. Este muchacho, de unos treinta años, había estado dos veces en Nirvana; me dijo que él no podía explicármelo, y yo le entendí. Toda palabra presupone una experiencia compartida. Si yo digo "amarillo", se entiende que el interlocutor ha visto el color amarillo. Si no lo ha visto, la palabra es inútil. Bien, él no podía explicarme nada porque yo no había alcanzado el Nirvana. Me dijo que después de esa experiencia, le acontecían las mismas cosas que al resto de los hombres, sin excluir el dolor físico, el placer físico, la soledad, la incertidumbre y por qué no, el dolor, la traición; todo eso le es dado con no menos generosidad que a los otros hombres. Pero como él había estado en Nirvana sentía todo eso de un modo distinto, de un modo que no podía explicarme. El podía hablar de eso con otro monje en un monasterio lejano; cuando se encontraban podían hablar de esa experiencia, pero yo estaba excluido.
Bueno, he usado hace un rato, la palabra jardín. Hay un admirable jardín japonés aquí en Palermo que ha sido donado por el gobierno japonés, pero ya me doy cuenta de que usar la palabra, el concepto jardín es distinto al nuestro. Hay páginas de Chesterton en que habla de "amplios y ociosos jardines". Si uno piensa en los jardines como un lugar donde uno se pierde (hay jardines en Inglaterra como laberintos), piensa en el jardín como un lugar donde errar; en cambio, si no me equivoco, los jardines japoneses están hechos más bien como espectáculos, están hechos sobre todo para la vista, y hay uno, cuyo nombre he olvidado, en el cual no se entra, se lo ve desde afuera; creo que hay cinco piedras. En el jardín japonés la piedra es un elemento constante, de igual modo que el agua y las plantas. Creo que son cinco piedras pero uno sólo puede ver cuatro a un tiempo. El jardín como espectáculo o como una serie de espectáculos. El hecho es que uno no abarca nunca la totalidad del jardín, uno ve hasta cierto punto; cuando uno llega a ese punto hay un desvío, aparece algo imprevisto, puede ser un arroyo, un puente, un pabellón, otro desvío; y así el jardín es una serie de espectáculos. Pero puedo equivocarme en esto.
Desde luego a mí me había interesado la literatura japonesa. Yo he leído sobre todo las versiones de Arthur Waley, la versión de Genji Monogatari de Murasaki Shikibu, y la poesía japonesa. Ya en esa poesía pude apreciar una diferencia. Porque nosotros pensamos sobre todo en largos poemas, en La Divina Comedia, en el Paraíso Perdido, en La Odisea, en La Eneida, en canciones de gesta medievales. En cambio, la poesía japonesa empezó, si es que los estudios de literatura no nos engañan, por poesías relativamente breves, de cincuenta a sesenta versos, pero luego se sintió que eran demasiado largos y se llegó a la tanka, que consta de treinta y una sílabas, en versos de 5-7-5 sílabas, y luego vendría a ser el alejandrino: 7-7. Para nosotros las treinta y una sílabas nos parecen muy breves, en cambio para los japoneses eso fue demasiado largo, y les llevó a crear el haiku, especie de joya de diecisiete palabras: 5-7-5.
El fin de los poemas es apreciar un instante precioso. Un haiku bien hecho tiene que cumplir una mención de una de las estaciones del año. Creo que hay libros en los cuales hay por ejemplo cincuenta maneras de indicar el otoño, cincuenta maneras de indicar el estío, o lo que fuere. Uno puede repetir una de esas fórmulas y no importa, porque no hay la idea de plagio. El autor tiene que tratar de hacer algo bello. Si eso bello no es enteramente original no importa. Bueno, yo he intentado con escaso éxito el haiku. En algún libro mío hay diecisiete haiku, pero no sé si lo he logrado. Pero para qué recordar lo que se ha hecho en castellano. Prefiero recordar un famoso haiku que dice así: "El viejo estanque / salta una rana / ruido del agua". Son 5-7-5 sílabas. Hay otro que a mí me parece mejor pero que es menos famoso y que vuelve ahora a mi memoria: "Sobre / la gran campana de bronce / se ha posado una mariposa". En ambos haiku no hay metáfora, no se compara una cosa con otra. Es como si los japoneses sintieran que cada cosa es única. La metáfora es una pequeña operación mágica. Hablamos por ejemplo del tiempo y lo comparamos con un río, hablamos de las estrellas y las comparamos con ojos, la muerte con el sueño. En la poesía japonesa se busca el contraste. Vemos el contraste entre la perdurable campana y la mariposa efímera.
Estando en Japón ya sentía continuamente la cortesía, que solía tomar la forma del silencio. Entramos en un teatro para asistir a una representación de no y yo pensaba que en la sala no había nadie, pero sin embargo estaba llena de gente, pero nadie alzaba la voz. Luego otro rasgo curioso es que el interlocutor siempre tiene razón. Yo recuerdo que visitamos el santuario del Buda en Nara, me dijeron que el rostro era terrible. El edificio era de madera, quizá el edificio de madera más antiguo del mundo. El Buda está sentado sobre una flor de loto. Hay una escalera por donde uno puede llegar a tocar los pétalos de la flor y uno sabe que más allá continúa el Buda de rostro terrible; me dijeron que la cabeza del Buda casi toca el techo de la cúpula. Vimos aquello y alguien al salir preguntó si la imagen del Buda era de madera. Un sacerdote que dominaba el inglés contestó: "Sí, es de madera". Dejó pasar el tiempo y otro preguntó al mismo sacerdote: "¿De qué está hecha la imagen del Buda?" El sacerdote, sin contradecirlo, sin ofenderlo, pudo decir: "De bronce, señor". Todo eso corresponde a un modo muy complejo. A un mundo de buenos modales, a un mundo de gente educada, culta, y eso para mí, que era un bárbaro en Asia, me sorprendió.
Ahora veamos por ejemplo la historia reciente del Japón. Japón sufrió una derrota terrible, la aceptaron. No hubo ninguna hipocresía y sin modificar sus estructuras, sin perder su reverencia al emperador, el país resolvió cambiar, aceptar ese mecanismo occidental que los había destruido, y ahora se da este hecho increíble para nosotros. El hecho increíble es que Japón ahora posee dos culturas: su cultura oriental y la cultura occidental. A ésta, la ejercen mejor que los occidentales, a juzgar por las máquinas que se fabrican en Japón que son más evolucionadas, más refinadas y más elegantes también, porque el sentido estético del Japón perdura. Así el Japón ha ido recibiendo influencias. Por ejemplo, cuando se habla de China, a pesar de las diferencias políticas, se habla con una reverencia filial. Yo pienso que la introducción de los kanji, del budismo, tiene que haber sido para ellos una revolución no menos grande que la revolución actual de la cultura occidental que ellos han aceptado. Son ciento veinte millones de hombres que están ejerciendo dos culturas. Lo hacen sin lamentos, sin una elegía. Ellos han adquirido algo más, ellos han visto en esa derrota una secreta victoria.
He estado tratando de saber algo de japonés. Por ejemplo, nosotros contamos uno, dos, tres, cuatro, cinco y usamos las mismas palabras para cualquier cosa. Decimos "un" y lo que viene después puede ser un ancla, un ángel, un sol, lo que fuere. Pero en japonés creo que hay nueve modos de contar las cosas, y las palabras varían también según los números. Por ejemplo hay un sistema que sirve para contar cosas largas y cilíndricas; este bastón o un lápiz o un taco de billar. Hay otro para contar animales chicos o grandes. Todo eso me ayuda a comprender la brevedad de la poesía japonesa. Me dicen que no es algo que atañe a unos pocos. No, todo el mundo versifica. Creo que por año se escriben un millón de haiku; los escribe un campesino, un obrero, el Emperador, y si buscan ese límite es porque sin duda tienen un idioma más complejo que el nuestro. Yo sospecho que el japonés es a nuestras lenguas occidentales lo que nuestras lenguas son al guaraní o al quechua. Es más complejo. Una prueba de ello es que buscan formas breves porque saben que el idioma les permite hacer poemas admirables de diecisiete sílabas. Ellos se han impuesto esto porque sin duda saben que pueden hacerlo. He empezado a estudiar ese idioma que no sabré nunca, pero es algo así como si supiera que algo es inmortal, que de algún modo seguiré estudiando japonés después de mi muerte corporal. ¿Por qué no creer en la transmigración, que es algo que en los países orientales no se trata de explicar?

Buenos Aires, 8 de julio de 1985
Conferencia pronunciada por Borges en la Sala Promúsica.


viernes, 8 de abril de 2011

Julio Cortázar / Louis enormísimo cronopio

Louis Armstrong
Rabiosactualida - coveralia.com


Julio Cortázar
Louis enormísimo cronopio
(...) Louis no hace más que levantar su espada de oro, y la primera frase de When it’s sleepy time down South cae sobre la gente como una caricia de leopardo. De la trompeta de Louis la música sale como las cintas habladas de las bocas de los santos primitivos, en el aire se dibuja su caliente escritura amarilla (...)
Fragmento de Crónica del concierto de Louis Armstrong en París, el 9 de noviembre de 1952.