viernes, 30 de septiembre de 2016

Es un SÍ para el país, no para Santos ni para la guerrilla / Jaime Fernández Molano

        Me han preguntado por qué voy a votar por el SÍ. Y esta es mi respuesta:
       En primera instancia, creo que es muy importante hacer un paneo histórico sobre los grandes y escasos procesos de paz que han resultado exitosos en el planeta, para demostrar que ninguno es perfecto; que por supuesto quisiéramos que todos los que consideramos bandidos, delincuentes, extorsionistas y asesinos, se pudrieran en la cárcel. Que, como dijera un dirigente de derecha, da rabia pensar que después de todo lo que han hecho, terminen sembrando florecitas en el campo dizque para pagar sus crímenes. Pero estoy aún más de acuerdo con lo que alguien le respondió a ese dirigente: yo si prefiero ver a esos señores que tanto daño han causado, sembrando flores y no minas quiebrapatas, ni masacrando gente.
       La historia demuestra que en más de medio siglo de guerra, ni uno ni otro bando fue capaz de derrotar totalmente al otro. Ni Tirofijo llegó al poder por las armas, ni Uribe pudo acabar militarmente con esa guerrilla, aunque tuvo ocho largos años para hacerlo —y que no vengan con el cuento de que le faltaron otros dos, tres o cuatro años para hacerlo—.
       Así las cosas, después de casi 60 años de guerra atroz con esta guerrilla, prefiero una paz imperfecta (porque la perfecta solo está en el cielo) que una guerra recrudecida y sin ninguna esperanza, que puede durar fácil otro medio siglo y otros cientos de miles de nuestros muertos (incluidos, Dios no lo quiera, algunos de nuestros hijos, nietos o familiares).
       Y eso no significa que respalde a un político abyecto y manipulador como Santos, de la misma calaña que todos los que le han precedido en esa silla en el último siglo (incluido Uribe, uno de los más despreciables y temibles).
       No. No es respaldar a ese deshonroso personaje que está en el poder, y menos a los indeseables guerrilleros. No. Es apoyar la posibilidad de que por fin tengamos algo, algo de esa paz que hemos buscado, así no sea la ideal, por supuesto.
       Y una reflexión: si no es ahora ¿cree que vamos a tener otra oportunidad en breve tiempo para lograr un acuerdo? Y si se llegara a dar, ¿cree que van a estar dos angelitos inmaculados al frente de esa firma? Me explico: ¿será que nos toca esperar a tener un presidente honesto, transparente y prócer, de un lado, y del otro un ángel de Dios, para —ahí sí— apoyar un acuerdo?
       Hay que verlo como un momento histórico que tenemos la oportunidad única de aprovechar o desaprovechar ahora mismo. Y por supuesto que cualquier acuerdo siempre será imperfecto, y no nos tendrá contentos al 100%; pero prefiero eso, a seguir en una guerra irracional que desde siempre y hasta hace poco hemos sufrido con esa guerrilla.
       Y claro que existen otros grupos y muchos más bandos de gente miserable haciendo la guerra ahora mismo, y que al firmar el acuerdo con las Farc no van a desaparecer de la noche a la mañana; pero tampoco olvidemos que si bien esa guerrilla no es el único generador de violencia, si es, sin lugar a ninguna duda y de lejos, la más fuerte y la de mayor capacidad de daño que hemos tenido en todo el territorio nacional y en toda nuestra historia.
            En resumen, voy a decir SÍ para darle una oportunidad al país, no de terminar ya la violencia de un plumazo (asunto imposible en cualquier momento), pero sí de empezar a tejer otros caminos posibles que conduzcan hacia la terminación de este conflicto.

martes, 5 de abril de 2016

Jaime Fernández Molano / Poema de cien mil

A propósito del poema de Luis Vidales 'A la palma de cera', incluido en el nuevo billete de $100 mil.

Poeta Luis Vidales (Calarcá, 1904 - Bogotá, 1990)

       Menos mal el gran poeta Luis Vidales era ateo, o sino se estaría revolcando de la piedra en su tumba.
       Y por dos razones. Primero, porque habiendo sido el precursor del comunismo en Colombia, resulta al menos paradójico que aparezca con uno de sus poemas en el nuevo billete de 100 mil pesos.
       Y segundo, que casi nadie sabe en profundidad quién es el poeta. Pero lo peor sucedió en Blu Radio. Ninguno sabía en cabina nada de Vidales, y menos supieron decir por qué diablos hay un poema suyo en homenaje a la palma de cera del Quindío (que aparece en el billete).
       Una periodista al aire se limitó a leer apartes de lo que dice Google, pero no dijeron nada del porqué de su poema.
       No fueron capaces de decir, por ejemplo, que ese es uno de los poemas más hermosos que le han hecho a la palma de cera; y que precisamente Vidales es quindiano (de Calarcá).
       Pero además, no sabían que de su mano llegó la vanguardia de la poesía a Colombia, con la publicación, en 1926, de su famoso libro 'Suenan timbres'; título alegórico, pues en ese año fueron instalados los primeros timbres en las casas colombianas. Había llegado la modernidad al país. Y con esta, uno de mejores poemarios publicados en el siglo XX.
       Los de Blu deberían ser un tris más rigurosos y más recursivos, así no dejen de ser ignorantes.
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Aquí el poema a la cera, publicado en el reverso del nuevo billete de $100 mil:

A la palma del Quindío
Le conté mi sueño un día,
Era la palma, era,
Era la palma de cera,
La palmera,
La palma del sueño mío.
Cohete que sube al cielo y estalla en el estrellío
Y cuando pasan los vientos
La palma se vuelve al río…
Oid el río del aire,
El río…, la palma del niño mío.
Aquí la palpo guardada
Aquí en el pecho,
Al lado izquierdo del alma
En donde llevo el Quindío.

Luis Vidales


domingo, 28 de octubre de 2012

Jaime Fernández Molano / Presentación del libro Mi mundo de aventuras y otras historias, de Juan David Botero Ospina

(La historia detrás de la edición de este libro escrito por un niño de 9 años)


Juan David Botero Ospina, autor de 
Mi mundo de aventuras y otras historias

Uno
       No he encontrado hasta ahora la primera madre que hable mal de su hijo. Es más, que no hable maravillas de su hijo. Y esta no podía ser la excepción.
      Cuando Gloria, la mamá de Juan David, me contactó, no hizo más que confirmar la regla: tengo un hijo que es un genio, tiene que conocerlo porque es maravilloso, tiene un talento que ni se imagina, escribe desde que era un bebé, y ya tiene como cincuenta cuentos escritos. Y –para rematar– me dice que Jairo Aníbal Niño (sí, el escritor, el famoso escritor) dizque había sido su amigo y era gracias a él que su hijo escribía todas esas historias.
      Imagínense ustedes, queridos lectores, quién le podía creer ese mundo de afirmaciones. Y yo no sería la excepción.
      Pues bien, lo primero que hice –o mejor, lo segundo, porque lo primero fue dudar de todo lo que me dijo– fue decirle que sí, que me enviara los textos por correo, que otro día hablábamos, que yo la llamaba, que felicitaciones por tener un hijo tan maravilloso, etcétera, etcétera. ¡Ah!, y que, claro, yo le devolvería la llamada.
      Pasaron los meses y me olvidé del asunto, de Gloria y, por supuesto, de su hijo superdotado.

Juan David y la portada de su libro
(En lanzamiento, Villaviencio, Meta)

Dos
       Un buen día contesté el teléfono y del otro lado de la línea estaba la voz de Gloria, que dulcemente preguntó por los textos que me había enviado. ¿Cómo le parecieron? –me dijo. Buenos, le respondí –tuve que mentirle, pues no los había leído–. Pero inmediatamente traté de enderezar el asunto, de corregir mi error, y le dije que quería conocer al niño, hablar con él sobre los textos, en fin, salir de ese lío de una vez por todas.
      Esa misma noche me dediqué a leer los textos de Juan David.
      Fue increíble ver y sentir ese mundo desbocado, esa locura tejida por un inventor de historias, de tramas, de vuelos sin límites; una verdadera explosión de talento y de aventuras, de alguien que tenía mucho, mucho que contar.
      Pero seguía la duda, que solo podría resolver al entrevistar al niño, para descartar cualquier intervención de mano adulta en los textos.
      Ahora era yo el ansioso. Nos reunimos con el niño, y comencé a preguntarle por sus historias, que fue refiriéndome una a una: este cuento lo imaginé un día que fui de pesca con mi abuelo; aquella historia la hice pensando en mi perro Manolo; la otra la inventé cuando vi la navaja de mi abuelo y me imaginé que podía tener poderes mágicos. En fin, no solo se resolvieron mis dudas, sino que algo quedó perfectamente claro: el autor de esos textos era Juan David Botero Ospina, un niño que llevaba casi cuatro años contándole a su madre historias, que ella iba escribiendo en cuadernos y después pasaba al computador, tal cual le habían sido dictadas por su hijo.
      Debo decir aquí, que desde el primer contacto con Juan David, éste se desenvolvió en un diálogo fluido que casi no para, como si narrara otra historia sobre sus propias historias. Y aquí otra sorpresa: Gloria me dijo aterrada que el niño nunca hablaba con tal soltura, que generalmente tartamudeaba, pues tenía problemas de expresión oral y escrita.
      Creo que ese fue el mejor indicio para la excelente relación que nació ese día.

Juan David Botero Ospina en el acto de lanzamiento de su libro
en Villavicencio.

Tres
       El resto fue trabajo. Sí, les propuse a sus padres que para sacar adelante estos textos, con el máximo cuidado posible, deberíamos realizar una serie de talleres personalizados. El método era sencillo, pues se trataba de que los textos fueran corregidos por el mismo autor, y para ello debía comenzar a identificar sus propias falencias, sus propios errores y aprender a corregirlos, a hacer más coherentes, más entendibles y mejor redactados esos borradores iniciales que le había dictado a su madre. Y así fue.
      Por ejemplo, lo puse a leer el comienzo de tres de sus textos y le pregunté qué veía. –Pues que todos comienzan por ‘Había una vez’, –me dijo. La tarea fue encontrar alternativas distintas para iniciar sus historias. Y así lo hizo.
      Otro ejemplo: en un texto suyo debía buscar la palabra entonces. Y llegó a encontrarla 17 veces en uno solo. Ahí entendió que tenía que trabajar duro para reemplazar buena parte de esos términos con sus propias palabras y su propia imaginación.
      Igual sucedió con el trabajo de los finales, las formas de abordar las historias, su coherencia, en fin, el libro que hoy se publica fue el resultado de un trabajo –si bien dirigido– hecho por el autor. Y sí que aprendió. Con los últimos relatos ha afinado tanto el ojo que no necesita tutor. Discute y cambia o mejora lo que él considera. Claro, con argumentos. Porque también ha aprendido a escuchar. Pero sobre todo, a ser crítico de sus propias invenciones.
      Como editor le propuse algunos títulos para el libro, pero me ganó la batalla –con argumentos válidos– hasta que quedó como él quiso: Mi mundo de aventuras y otras historias.
      Ya en proceso de edición final –y sin habérselo sugerido siquiera– me envió un correo con la dedicatoria que debía ir en el libro. Y así se hizo. Definitivamente éste es un jovencito que, además de talento, tiene criterio.
      Aquí es importante decir que a Juan David se le explicó, y lo ha entendido perfectamente, que esto de la escritura –y de la creación en general– está soportado en tres pilares fundamentales: la imaginación, las vivencias y el conocimiento. Y por supuesto, se cristaliza con trabajo, con mucho trabajo.
      La imaginación y las vivencias le sobran, por eso está centrado en el tema del conocimiento, y hasta ahora, que se sepa, nadie ha podido descubrir una manera distinta de lograrlo que no sea con la lectura, que, además de abrirle un mundo de infinitas posibilidades, le alimenta la riqueza y la fluidez del lenguaje.
      Lo ha tomado en serio: lee, no por imposición sino por convicción y con plena libertad, porque la idea es que lea, lo que se le venga en gana, pero que lea y así pueda ver cómo es que los otros construyen las historias; que aprenda los trucos y los practique en sus textos. Lo otro que debe hacer es dejar la pereza y comenzar a escribir más que a dictar sus textos. Ahí vamos.
      En cuanto a los textos que se publican en este libro, se han conservado la estructura lingüística del niño, los giros propios de su edad y la forma de expresarse. Solo hemos corregido ortografía y coherencia en el manejo de tiempos, de género y de número.
      El resto de asuntos (la desbordada imaginación, el manejo de tramas y personajes y sus locas historias) son de entera culpa y responsabilidad de Juan David. De Juan David Botero Ospina, el pequeño gran escritor de historias y aventuras, quien ya prepara su próximo libro, que ha titulado ‘El cocodrilo viajero’, y otro sobre piedras mágicas, que va en su segunda parte.
      Creo que Juan David es un afortunado que no solo ha sabido aprovechar al máximo ese talento e imaginación propios de los de su edad, sino que ha sabido impregnar estas historias con alas propias, aderezadas siempre con el profundo amor que le prodigan sus padres y su entorno familiar.

Portada del libro (Editorial Entreletras, mayo de 2012)
Ilustraciones de Luis Miguel Ortiz López

Tres textos de Juan David Botero Ospina

Del libro Mi mundo de aventuras y otras historias
(Editorial Entreletras, Villavicencio, 2012)


Perro viejo… se hace nuevo

Hace mucho tiempo un perro que estaba en una granja se sintió muy viejo y decidió morirse. Los abuelitos que eran sus dueños lo llevaron a una granja  donde no había nadie para que se muriera, pero en esta granja no había ni humanos ni animales, solo perros... esos perros lo ayudaron a ser como nuevo y el perro regresó a la granja a ser feliz a los abuelitos, porque es el mejor amigo de los abuelos, y ya no necesitaba morirse.

¡Pero pasó algo terrible!: que los perros que lo ayudaron a ser como nuevo se envejecieron, entonces el perro nuevo los ayudó a ser nuevos, les dio media vida a ellos y la otra mitad para él. Y así terminó feliz la historia. 

(Este cuento es para Manolo, mi perro que vive en la casa de mis abuelitos). 

Octubre 16 de 2007 (a los 5 años)

  
Las mil brisas

Unos días de mucha pero mucha brisa, vi mil vientos pasar por mis ojos y vi que ellos creaban tormentas y huracanes y siempre pensé que iban a formar lo más impresionante para mí de los llamados huracanes gigantes. Hasta que un día cuando vi los mil vientos, vi acercarse algo muy pero muy grande, entonces vi que se acercaba un poco y también vi que se alejaba un poco.

Lo quise ver desde cerca, era un enorme pero enorme huracán; lo vi y así fue muchos días y fui feliz entre esos vientos. Pero un día vi un huracán que se acercaba muy rápido a mi casa, entonces iba a llegar hacia mí y cuando llegó me llevó encima de él, me hizo entrar y desde arriba vi mucho del mundo y vi mi país Colombia y Villavicencio y otros países y vi al mundo desde ahí.

Me sentí muy feliz ya que los vientos que me llevaron a ver al mundo siempre me gustaron y desde ahí recordé mucho todo el mundo.

Esa fue mi historia de los mil vientos, en medio de una brisa fuerte pero muy feliz.

Mayo 9 de 2011

El árbol contaminado

Era un día en que el hombre creó una maquina contaminante, pero el hombre no la podía usar contra él mismo, entonces tomo un árbol muy duro y fuerte, lo puso en la máquina, pero no sabía que también se iba a mutar, entonces el proceso fue transformando al árbol en otra cosa, el árbol se escapó al bosque y cuando despertó tenía otra forma, ya no era un árbol normal sino un árbol muy pero muy distinto a los demás, podía moverse y caminar.

Sus amigos se aterraron al ver que uno de sus mejores amigos había cambiado, lo iban a abandonar pero vio a un árbol muy caído y lo tocó y cuando abrió los ojos se había curado, todos sus amigos se sorprendieron ya que él podía curar y lo pusieron “El Poderoso Tuxzon”, entonces se acordó de algo, se convirtió así, porque las máquinas y el humano lo contaminaron, luego quiso ir a castigarlos, les ayudó a los otros árboles a que caminaran, entonces cuando los árboles pudieron caminar fueron a castigar al humano y llevaron también a algunos animales.

Como el humano tenía tantas máquinas de contaminación, el Poderoso Tuxzon encontró algunas y con sus amigos árboles Dani, Dress, Xircon y otros, las destruyeron. Entonces un humano los vio, llamó a las máquinas, a hombres y hasta a policías para que destruyeran a los árboles, y comenzó la lucha árboles, animales contra humanos y máquinas.

Dani vio que al Poderoso Tuxzon le iban a disparar y saltó muy alto y apartó al poderoso Tuxzon; la bala disparó hacia Dani y los otros árboles también estaban muriendo, hasta que todos los árboles estaban muy heridos y derrotados y el Poderoso Tuxzon le tocó luchar solo.

Él les gano a las máquinas y a los humanos, pero aun quedaba un humano y una máquina; el poderoso Tuxzon se preparó con todo, entonces sus ramas se volvieron muy gruesas y sus hojas se levantaron, sus raíces se volvieron tan filosas como un cuchillo, sus tubos de agua se inflamaron y fue duramente a la guerra.

El humano y la máquina casi destruyen al gran Tuxzon, pero él tenía un arma secreta: tres cañones que lanzaban una combinación de savia, oxígeno puro y un extracto de frutos, semillas y aroma de flores, convertidos en una clase de líquidos muy fuertes. El poderoso Tuxzon disparó al hombre y a la máquina. El hombre se dio por vencido y la máquina quedó destruida.

Los árboles pudieron vivir en paz.

Mayo 3 de 2011

sábado, 8 de octubre de 2011

Jaime Fernández Molano / Cuatro relatos mínimos

Mecedora - (Foto en infinitomisterioso.blogspot.com)

El hombre que se mece
Jaime Fernández Molano

     La siguiente historia, que sucedió en un barrio de Villavicencio hace muchos años, me la refirió un vecino del protagonista. Y dice así:
Lo vio en un cafetín y no lo podía creer. Era Mariño, el tipo que había desaparecido de la faz de la tierra luego de que le violara a su pequeña hija hacía ocho años, tres meses y trece días.
Desde este momento él se convertiría en su sombra clandestina. Dónde vive, con quién habla, qué hace, fueron preguntas que comenzó a resolver con el paso de los días, mientras tejía su plan.
El sábado en la noche tomó su cicla. Llegó hasta la tienda donde Mariño bebía y conversaba plácidamente. Se bajó y esperó a que apurara el último trago de cerveza. Entonces se acercó y le descargó su arma entera.
Volteó la espalda y salió del lugar. Veintitrés cuadras lo separaban de su casa. Tomó la vieja cicla y pedaleó sin afán. Sabía que la policía haría lo suyo. Estaba preparado para la entrega. Llegó a su casa, tomó el maletín en una mano, con lo necesario para estos casos, y esperó sentado en su mecedora dispuesta sobre el andén.
     Hace siete años, dos meses y un día, espera que lleguen a arrestarlo.





El secreto de René
Jaime Fernández Molano
René estaba pálido. Su rostro dibujaba la angustia que significa llevar por dentro una historia truculenta sin contar. Con su mirada, me invitó a ganar el umbral de la puerta de su negocio. Entré.
Con sumo cuidado levantó un trapo con el que cubría su secreto. Y con este, su historia.
      –Hace más de seis meses el tipo me debe el dinero –señaló René, como justificándose. Y como el hombre es carnicero, ni forma de reclamarle en su lugar de trabajo.
     Así que René buscó la forma de ubicarlo en otro lugar, con la suerte de que esa mañana se lo encontró de sopetón en el momento en que parqueaba su moto.
     –Al fin qué. ¿Me va a pagar la plata o no?, le gritó René, a lo que el carnicero –en un tono desesperado– le respondió: –miré, hermano, si tuviera esa plata ya se la habría pagado hace rato para que no me joda más. Y sin más palabras, sacó de su cintura un revólver…
…Pero ahí está lo insólito: lo cogió del cañón y se lo ofreció a René, diciéndole: –Tenga, hermano, máteme si quiere, pero no tengo cómo pagarle.
     René tomó el revólver, apretó la cacha entre su mano derecha, giró el dedo índice sobre el gatillo. Luego, mientras  bajaba el cañón, le dijo: –Cuando me pague, le devuelvo el revólver. Y se llevó el arma.
     Bajo el trapo me muestra el arma, y con ella su secreto.

El Aleph - en Libro andamio

Sembradores de ojos
Jaime Fernández Molano

En el umbral de la puerta abierta de su casa, José recibe –como un ventarrón– la voz fuerte y acentuada de un innegable tono paisa que le dice: –¡Eh, ave María hombre!, que casa tan linda, qué televisor, qué equipo, qué muebles y en qué peligro de robo se encuentran. Para ello hemos traído la solución (saca de una caja de cartón uno de cientos de ojos mágicos que carga allí).

Mientras tanto, un segundo paisa –sin mediar palabra– saca un taladro, le abre un hueco a la puerta y le instala uno de los ojos mágicos que han traído.
José, estupefacto, sólo atina a balbucear –noo hoombre, no haga… eso. Pero ya es tarde. El ojo mágico queda instalado.
El primer paisa sale hacia la calle, mientras el otro cierra la puerta con José adentro y lo invita a ver a través del ojo: –mire, mire y verá.
El primero hace carantoñas desde afuera y dice: –¿me ve, hombre, me ve? –Claro que sí –responde el otro.
–No vale sino 100 mil pesitos, pero usted nos ha caído muy bien, así que vale solo $80 mil.
–No tengo sino veinte mil, dice José. Toman el dinero y se marchan.
Al otro día, José averigua en la ferretería que ese ojo vale solo mil pesos… pero ya es tarde. El pueblo ha quedado inundado de ojos mágicos de 30, 40 y hasta 80 mil pesos, que han pagado por ver instalados en unas puertas que siempre están abiertas, porque allí nunca ha pasado nada.
Siembra de ojitos, con sabor a magia paisa, que a esta hora se estará haciendo en otro pueblo de incautos.



Limas (Serrentis)

La lima de Adriana
Jaime Fernández Molano

     Adriana sintió de repente un leve apretón del vecino de viaje en el apretujado bus urbano.

En principio no sospechó de ese hombre bien vestido y perfumado, pero luego reaccionó y se pudo percatar que el dinero que llevaba en la cartera había desaparecido. Se aterrorizó.
Fue entonces cuando decidió de manera inmediata tomar una medida drástica, pues ese dinero era para pagar dos meses atrasados de arriendo. El asunto era de vida o muerte.
No lo dudó un segundo. Sacó del bolso su única arma: una lima metálica para las uñas. La apretó con toda su fuerza contra un costado del hombre y le dijo con furia: –entrégueme el dinero ya, ¡pero ya, desgraciado!, a lo cual el hombre estremecido por la sorpresa sacó el fajo de billetes de su bolsillo y se lo entregó.
Inmediatamente Adriana alcanzó la puerta y salió despedida del bus. Miró hacia todos lados y corrió, corrió con locura. Logró llegar luego al banco para consignar el dinero y se percató que había mucho más del que le habían hurtado. Pensó: ‘el tipo ya había robado a más personas’.
Regresó a su casa y sobrevino la sorpresa: el dinero del arriendo reposaba olvidado sobre la mesa de noche.
Ya nada podía hacer para remediar el asunto. Desde entonces, la imagen del rostro atónito de aquel hombre en el bus, no deja de perseguirla.

jueves, 14 de julio de 2011

Triunfo Arciniegas / El jardín del unicornio


Fotografìa de Gabriele Rigon
 Triunfo Arciniegas
EL JARDÍN DEL UNICORNIO

Sin lugar a dudas, mi mujer es un animal peligroso. Los  amigos me festejan la frase: la toman en broma. Todos mis años haciendo lo que me venía en gana y ahora, desde hace tres, lo que le viene en gana a ella. Aunque en casa se hace su soberana voluntad, sé qué no vive contenta. Terminará por largarse, cerrando nuestro dulce calvario. No importa qué haga para conservarla porque de  todos modos terminará amontonando las muñecas en la vieja maleta de su madre y una tarde de éstas encontraré la carta de tibios garabatos debajo de la almohada.  Temo su ausencia, temo que la casa vacía me aplaste, y cada vez que abro la puerta y la veo, sorprendido, experimento cierta felicidad. Aplacar su deseo es la única manera de arrancarle un poco de ternura; gime, llora, grita como una loca y me deja la espal­da en carne viva. Por eso digo que es un animal peligroso. Grita barbaridades de camionero, se dice que es mi perra y me persigue la oreja con furia vangoghiana. Definitivamente es un animal peligroso. No soporta los retrasos, para empezar, aunque nunca aparezca cuando la espero en un parque, sin paraguas y muerto de hambre; siempre perdemos el comienzo de las películas y siempre llegamos cuando ya no nos esperan. Me descuida pero no suelta la cuerda. Reclama con minuciosidad el itinerario de mis días y sus preguntas tramposas pretenden hacerme caer. No voy muy lejos, no me da tiempo de nada. Conoce todos los teléfonos para cerciorarse de mi paradero. Si chasquea los dedos aparezco batiendo la cola y lamo su mano. Le soy fiel por comodidad o, como dicen los amigos, por instinto de conservación. Por otra parte, debo admitirlo, no caen muchas con esta cara de burro y el arte de la seducción es el arte de la palabra, el sosiego y la magia, del acecho y el zarpazo, de detalles, de calculadas esperas, del cielo no cae ninguna, amores fáciles sólo en las películas. Ojalá las mujeres me persiguieran como lo hacen en su imaginación: como mosca vuelo de orgía en orgía. Ni raja ni presta el hacha, quiero decir, ni me mantiene ni deja que encuentre quien me mantenga, ni hacha ni presta la raja, dirían mis amigos. De todos modos, venía diciendo que no soporta que llegue tarde y debo inventar disculpas cada vez más ingeniosas o verdades a medias o verdades enteras que generalmente no acepta. Cuanto más grande es la mentira más difícil de susten­tar, y sostener, claro, aunque es ésta precisamente la que deja los mejores resultados por el momento. Habla poco pero siempre me asombra su terquedad para desmigajar mis argumentos. Esta vez, debido al cansancio, prefiero la verdad: me entretuve negociando un unicornio. Ofrecí hasta ciento cincuenta pesos pero no bajaron de doscientos cincuenta. No me pareció caro pero tampoco andaba muy deseoso de un unicornio, sólo quería darle la sorpresa al ángel de mis tormentos. De pronto una sorpresa funciona. La otra noche, para disculpar la borrachera, aparecí con un precioso gatito negro de diez pesos en el bolsillo: fue maravilloso mientras el gato nos acompañó. Porque luego, mientras le explicaba que el día menos pensado lo veríamos otra vez junto al plato de leche, que estos animales son unos vagabundos desagradecidos por naturaleza, me estrellé contra el muro de silencio y tedio: una fuerza ciega y peligrosa que me envuelve y me acorrala como un huracán. Cuando se pone así le molesta hasta mi manera de caminar, de masticar, de peinarme, no puedo cantar en el baño o arrastrar la silla al sentarme. Entro a otra estación en el infierno, la mujer se cierra día y noche, en cuerpo y alma. En pocas palabras, se vuelve insoportable. Después del gato, fracasé con el canario, también con el par de loritos y la ardilla que arruinó los muebles: a todos encontró defectos y a todos descuidó hasta tal punto que me vi en la necesidad de remitírselos a distintos vecinos antes de que su propia mano los pasara por la silla eléctrica. El cine, el restaurante y el vino sólo me dan una noche de tregua, y el bolsillo no alcanza para tantas treguas. Quiere una cosa, quiere otra, al rato no la quiere, la detesta; como el vestido verde que vimos a las tres de la mañana, un poco borrachos y felices. Me suplicó, me prometió esto y lo otro, me juró y al amanecer la sabiduría de su lengua me convenció. La desnudez es un arma invencible. Amorosa, ansiosa y entregada, la mujer es el remedio de toda desgracia. Por la tarde la desperté con el paquete en la mano, balanceando el dolor del precio con la intensidad del gozo: ya no se acordaba. Aunque las piernas se le veían muy bonitas y el trasero se le redondeaba con delicia, no usó más de dos veces ese vestido verde. Así es. Me exige  que le traiga el unicornio para creerme, y cuando exige, por Dios que sí, exige en serio: un índice erguido señala la puerta. Encuentro la tienda cerrada. Por fortuna, el dueño vive cerca y se compadece al verme mojado de lluvia y muerto de hastío: doscientos pesos. Hablamos de caprichos bajo su paraguas, nos estrechamos la mano como viejos amigos, que vuelva cuando quiera, los conejos son más baratos. Es un hermoso unicornio de quinientos pesos que no le teme a la lluvia, delicado, tan manso que dan ganas de soltarle la cuerda. Entramos al bar de Osiris mientras pasa la lluvia. Un borracho melancólico se queda mirándonos: "Sólo le falta un clavel en la oreja", dice. Al fondo, junto al viejo que lee el periódico con la pipa en la boca y el hilo de saliva en la quijada, un hombre maduro murmura cosas al oído de una muchacha que se muerde los labios y dirige con el dedo una autopista de cerveza sobre el vidrio, del vaso rebosante de espuma al pocillo humeante; el dedo se confabula con otro para tomar uno a uno los cubitos de azúcar y soltarlos en el humo; su otra mano envuelve la quijada y acaricia el rostro con lentitud. "O una corbata amarilla", dice el borracho. Los cabellos de la muchacha se desgajan al rostro y el cuerpo del hombre se retuerce en el territorio de los cuchillos. Osiris dibuja una cabeza de caballo, tomo el lápiz y le agrego un cuerno largo y fino, retorcido como un tornillo, casi entre las cejas, para regocijo de Osiris, quien me sonríe y pestañea como una vaca, imaginándolo entre las piernas. Pronto rechazo una oferta de cuatrocientos pesos, ni por quinientos lo daría, el aguardiente me abriga el cuerpo, el mundo gira. Una negra de teticas de golondrina se vuelve loca por el unicornio pero debo negárselo. Me gustan esos pantalones ajedrezados, qué daría por un jaque mate, el trasero, una obra maestra que bambolea con gracia, me gusta toda: la imagino de alambre dulce para los retorcimientos. Esa mano, envolviendo como una seda el cuerno pulimentado, me alborota la lujuria y es preciso volver a casa antes de caer en la tentación. Las uñas pintadas destrozan las gotas de lluvia que no resbalan del pelaje. Para colmo, ten piedad de mí, Señor, la negra me invita a conocer las fotografías de unicornios que adornan su alcoba. Le digo que a ningún hombre le gustan las fotografías de unicornios en la alcoba y se retuerce, se recoge y se lame, feliz e insinuante, casi se arranca los botones: me pregunto qué cosa me unté esta mañana. El hombre maduro se levanta y se abotona el saco, deja un billete nuevo junto a la cerveza sin terminar. Su tierna amiga sacude la cabeza para acomodar los cabellos y se levanta mientras el hombre retira la silla. Los imagino retorcidos y anudados, no tengo remedio. "Bonito animal", comenta el hombre, casi tocándolo, y desde la puerta corre cubriéndose la cabeza con un brazo. Una araña desparramada sobre el hombre, un hombre corre bajo la araña. La muchacha se recoge los cabellos en un ligero moño. Toca al animal, para darse suerte tal vez, y se decide. De prisa alcanza la puerta, se detiene para volver a mirarnos y nos dice adiós con la mano. Atraviesa la calle y encuentra al hombre en la esquina. Se muerden la boca bajo la lluvia, el hombre la abraza y desaparecen. Conservo la imagen de la muchacha: suéter gris sobre la blusa blanca, falda negra sin abertura a lo largo de los muslos, zapatos de tacón bajo y medias gruesas casi hasta las rodillas, como si todavía fuese a la escuela. Sentada a la orilla de una cama limpia, cerca de aquí, se sacará las medias salpicadas y surgirán los pies rosados. Después de secarle la cabeza, el hombre llevará sus besos desordenados hasta los peces tibios, contará los dedos, beberá una y otra vez la luz de las piernas en el altar de la adoración. Ella, en agonía, lo llamará y lo devorará. Osiris recoge el billete, el vaso y el pocillo y pasea en círculos el trapo rojo por el vidrio de la mesa. El viejo no despega los ojos del periódico ni la pipa de la boca, el borracho melancólico cabecea y se recorre con dedos torpes los labios gruesos y babosos. Ay, dos tetas tiran más que dos carretas, golondrina de mis veranos, desamparada en este mundo necesitado de sus maromas: alambre dulce que se retuerce en la magia del sudor. Ay, negra, riega sal en la herida. Mis imaginaciones son limitadas pero básicas: la saliva del delirio, la sabiduría de la lengua que abre las puertas del cielo, la miel y el sudor, soy un hombre débil. Le cambiaría el animal por unas caricias, pero quién podrá con mi mujer. La negra habla del horóscopo en mi hombro, como un viento suave, no puedo concentrarme, no entiendo, es Virgo y soy Cáncer, males que van juntos. La chica del afiche que me fascina y alguna vez negociaré con Osiris, tendida en la playa, una pierna estirada y otra en ángulo, el índice en la boca como un helado o como otra cosa que quiere probar, parece burlarse, reprocharme la estupidez. Porque mi mujer es un animal peligroso y sobre todo porque tengo que regresar. Y cuanto más tarde, peor, pienso, ante la persistencia de la lluvia, y el unicornio y yo nos echamos a la calle: se nos hace noche. Brinca de gozo, como un perrito, pero la cuerda es fuerte. Luce tan manso y sagrado como una oveja. Un clavel, dijo el borracho. Y una cinta alrededor del cuello. De pronto, cuando las cosas suceden más de prisa que en el pensamiento, pasa la lluvia y los niños ensayan barcos de papel en los riachuelos de la calle, mi mujer abre la puerta y corre a secar el unicornio con nuestra toalla y al instante le ofrece café. Los unicornios no toman café. Le sugiero que lo amarremos en el jardín porque, al fin y al cabo, para eso son los unicornios, para amarrarlos en el jardín, y me replica que el pobrecito se ensopará. No, qué tontería, les fascina la lluvia, todo el mundo lo sabe. No es más que un unicornio de jardín, no me explico el alboroto: todo lo demás es puro cuento. Al fin y al cabo, rezongando, acepta. Pero durante la noche, sin atarse la bata, a cada rato y sin permitirme ahondar en el sueño, va a la ventana y desde el éxtasis contempla al animal. Me habla de sus ojos de luna, se despierta con sus ojos de luna a las nueve de la mañana de este domingo inútil. El vecindario se alborota con el rumor del unicornio, qué bello, qué rosado, já, porque todo el mundo estaba harto de unicornios negros y deshilachados. Todo el mundo comenta cuánta falta le hacía el unicornio al jardín, hasta la señora del canario y el viejo de los loritos se acercan y, tonto y trasnochado, pienso que sí, cómo no, cuánta falta, señores. Se me quitan las ganas de pintar la cocina, de hojear el periódico, de escribirle a Vanessa. Qué despelote, loca se vuelve mi mujer con el unicornio, quién lo creyera, que una foto así, que otra así, no seas malo mijito, lindo domingo de fotógrafo. Tan loca que hasta se olvida de insistir que vuelva temprano, hasta no le importa que pierda unos minutos en el bar de Osiris, donde los amigos comentan que mi mujer no es un animal tan peligroso y piden raspadura de cuerno de unicornio para sus juegos eróticos y baba azul en un frasquito para la impotencia de un amigo que tengo y no conoces, y que no se te olvide, insisten hasta el aburrimiento, en ayunas, insisten felices, como si no supieran que durante el celo a los unicornios la baba se les oscurece a un morado de entrepierna, y el cuerno, amigos míos, se endurece como ya lo quisieran algunos a cierta hora, nadie raspa una cosa así, les discuto pero no aceptan, se ríen, me festejan las frases. Paso más tiempo con ellos, mis disparatados amigos, porque a la loca que tengo en casa ya no le importa que me emborrache y entremos a la casa cantando y me acueste con los zapatos puestos. Siempre está descalza ahora, sin brasier por toda la casa, una vieja camisa mía le sirve de vestido. Será dulce y sumisa conmigo si permito el unicornio dentro de la casa, en la alcoba luego, se ve tan desamparado el pobre en el jardín, fíjate que no le quedan hojas ni mucho menos flores, se nos va a morir. Con el tiempo, tan mansa ella, con tanta delicadeza sugiere que me quede en la sala, en el blando y delicioso sofá, y me parece bien porque no soporto la presencia del unicornio, los mansos ojos fijos en la carne. Pero dejémonos de pendejadas, las caricias terminaron con la traída del maldito animal. De pronto no le importa que venga a dormir, que no venga, que nadie saque la basura los martes y que las prendas se desparramen por todos los sitios imaginables de la casa. Los cuadros sin horizontalidad, la llave siempre abierta, la luz del baño encendida. Los trastos sin lavar, las pantuflas en ninguna parte, sin pañuelos ni medias limpios. La cama destendida, la sábana sucia y regada en el piso, entre flores mordisqueadas que nunca traje, colillas. Antes no fumaba. Antes sólo fumaba cuando bebíamos y a veces después del amor. Permanece tan distraída y distante que ya no existo para ella, a toda hora me manda de paseo. La negra muestra más interés por mí que por el tema de los unicornios y descubro las maravillas del ajedrez alrededor de su ombligo  mientras, soñolienta y plena, colmada de vida en el abandono de la casa, la mujer del unicornio sigue preparándome el desayuno. Se estira y bosteza en una confusión de pelos. "Me siento deliciosamente cansada", sonríe, huele y lame la yema de sus dedos. Sin pensarlo le digo que puedo desayunar en cualquier parte y acepta, soy un tesoro y recibo la lluvia de besos. El almuerzo no es muy bueno. Todavía está soñolienta, en bata o desnuda, oliendo a unicornio a esa hora y con los labios morados. Sólo en las noches se ve despierta y deseosa de charlar. Habla mucho mientras se baña. La escucho en las pausas del agua. Botellas vacías en el rincón de la cocina, migajas de pan en el mantel, ceniceros repletos sin comentarios de parte mía. Soy una visita agradable y discreta que retira una carta de Vanessa y los recibos por cancelar: evito la visión de su cuerpo enjabonado, que aún me hiere, le recuerdo la toalla cuando aparece mojada y sin bata, le cubro los hombros, soy una persona respetuosa. Enciende el cigarro y en su boca de pajarito sin pintar el humo es una perfección. El otro día soñé que en un potrero de tréboles mi mujer vomitaba nubes que luego la cubrían, en forma de caballo, para su escandaloso regocijo: Mujer preñada de nube, bonito título para una pintura. Oh, sí, me siento cansada, sonríe feliz y lejana, desbaratada. Hasta conseguí a alguien para enviar el mercado cada semana, hasta le ofrecí para el aseo una muchacha que rechaza porque mañana echará una limpiadita y dejé de comer del todo en esta casa, alguna vez café, nada más, gracias, un poco de azúcar, gracias. Y además, siete o nueve días atrás, saqué los libros, las fotografías y la cámara, las pinturas y los lápices, las cartas de Vanessa. Casi no la veo. La imagino en la ventana, lavada por la luz de la luna del jardín arrasado por el animal, tocándose el rostro, la mirada perdida y la maliciosa sonrisa que no se le desprende, como una Gioconda de plaza, la plenitud y el éxtasis conjugados, la imagino y me basta. O abrazándose mientras contempla la lluvia en el jardín. Casi nunca veo al unicornio. Su lengua es larga y morada y por debajo de la mesa lame los muslos de la mujer que, sonriente y dichosa, lo envía al dormitorio. Entonces me despido. Otra noche vuelvo y nadie abre la puerta, entro, sólo risas en la alcoba, me retiro con pasos de ladrón. En el jardín, mientras orino, contemplo la desolación: tallos  quebrados, flores desmigajadas, tierra revuelta y excremento de unicornio. Antes tapaba como los gatos. Me resulta difícil creer en la omnipresencia de Dios, al menos en este jardín inundado por el olor del unicornio. En toda la casa se respira este olor agrio y dulce que embriaga y adormece. Sacudo del miembro las últimas gotas. Estoy vacío, hasta del rencor y la vergüenza. Cierro la bragueta y recuerdo que antes, cuando ella era mi novia, iba a la esquina de su casa y orinaba, como un perro, borracho y coronado de polillas, alrededor del poste del alumbrado público. La espuma me hacía reír. Aún soy un perro, un perro triste que marca un territorio perdido, un perro en el jardín del unicornio. Podría decir que como este jardín desolado es mi vida pero no lo siento así. Orino un territorio ajeno y nada más. Dejo que el mundo pase con tal que me dejen vivir. Casi nadie ve al unicornio ahora pero todo el mundo opina que luce más bello. Por mi parte, cada vez que observo a la mujer mientras toma el café, los ojos cerrados con toda dulzura, un pie desnudo balanceándose, y el muslo que, apoyado en el otro, abre mi antigua bata hasta la herida, o cada vez que la recuerdo tomando el café con los ojos cerrados, extasiada por las caricias de una lengua morada, reconozco que está mucho más bella, más rosada, mansa como una oveja.